Qué cantos, qué sirenas…
¿Qué aullidos, del recuerdo, romperán las cadenas?
Y en los muros de tu sagrado encierro
¿Qué secretos funestos escondidos te llevas?
¡Ah Miguel, el de Orihuela…!
Ah poeta -en compromiso de una idea-
Si los ángeles acunaran tu marcha de pastor
Y Góngora te hablara, como ayer, al oído
Creeríamos, todos, que aún no estás vencido.
Tu caminar poético nos muestra la contienda:
Poesía y palabra: Machado. Rubén Darío.
Y en el verso creyente, el abrazo al amigo…
Una fuerza fluyendo entre pastos pisoteados.
Por cabras abonados, en tus sueños de niño….
Las letras españolas acunaron tu esencia
Y lamentan el sino de tu partida enhiesta
Guerrero enamorado del poema naciente
Tu recuerdo acaricia la humanidad doliente…
Un Neruda, en la historia,
Va contándonos cuitas de luna paseandera.
De tu luna ¡Maestro! De tus versos geniales
De esa sombra, entre luces, de esa luz entre cruces…
¡Oh Miguel de la historia!
Como un rayo certero, penetras la palabra
Y un soneto de muerte se agita en la memoria
¡Ah Miguel de Orihuela!
Cabalgata nocturna de romántica espuela.
María Alicia del Rosario Gómez de Balbuena
maligobal@hotmail.com
sábado, 21 de mayo de 2011
domingo, 27 de febrero de 2011
Dulce mirada
Intimidad del Ser y del sentir más allá de la temible desnudez del cuerpo
Mundo mágico de horas compartidas con la imborrable sensación marchita
Una caricia vaga estaba suspendida en la voz amanecida
Y en la inmensa ventana de la vida te di los buenos días
Reinicié la batalla perdida
Tu desnudez cabía entre mis pliegues. La mía, sin ropajes, te cubría
Una lágrima de cielo enfurecido asomó entre las nubes de mi tiempo
Y el horizonte reflejo aportó el marco en el que tú y yo desnudamos atavismos
Desde la soledad nos conocimos
Habló tu intrepidez. Calló mi tiempo.Y el firmamento sensual también calló
Mientras tu confiada mirada sepultaba mi más pequeña duda
Mundo mágico de horas compartidas con la imborrable sensación marchita
Una caricia vaga estaba suspendida en la voz amanecida
Y en la inmensa ventana de la vida te di los buenos días
Reinicié la batalla perdida
Tu desnudez cabía entre mis pliegues. La mía, sin ropajes, te cubría
Una lágrima de cielo enfurecido asomó entre las nubes de mi tiempo
Y el horizonte reflejo aportó el marco en el que tú y yo desnudamos atavismos
Desde la soledad nos conocimos
Habló tu intrepidez. Calló mi tiempo.Y el firmamento sensual también calló
Mientras tu confiada mirada sepultaba mi más pequeña duda
Desnuda soledad
DESNUDA SOLEDAD
Caracolas de ensueño
Llevándose mis dones, mis secretos
En el profundo son del universo
Transportan mis cadencias sumergidas
Ternura que no aflora.
Lágrima que no se llora
Suspiros. Sensaciones.
Desnuda soledad, no compartida
Diálogo del ser, con el silencio
Cabalgata sensual con el recuerdo…
Caracolas de ensueño
Llevándose mis dones, mis secretos
En el profundo son del universo
Transportan mis cadencias sumergidas
Ternura que no aflora.
Lágrima que no se llora
Suspiros. Sensaciones.
Desnuda soledad, no compartida
Diálogo del ser, con el silencio
Cabalgata sensual con el recuerdo…
complice
Con guiños de complicidad me gustaría saludarte
Y ser estreñlla para tu oscuridad
Cómplice de tus guiños y de mis sombras
Para encontrar que-juntos-hallamos más
Tal vez más sombras para proyectar
Quizás más luces con las que divagar
Y entre ambos un puente
Eterno puente para el "nunca más"
Cómplice de tus sombras
Testigo de tus luces
Mi mano sobre la tuya y tal vez nada más
Y ser estreñlla para tu oscuridad
Cómplice de tus guiños y de mis sombras
Para encontrar que-juntos-hallamos más
Tal vez más sombras para proyectar
Quizás más luces con las que divagar
Y entre ambos un puente
Eterno puente para el "nunca más"
Cómplice de tus sombras
Testigo de tus luces
Mi mano sobre la tuya y tal vez nada más
domingo, 31 de octubre de 2010
homenaje a miguel hernandez
HOMENAJE A MIGUEL HERNANDEZ
Qué cantos, qué sirenas…
¿Qué aullidos, del recuerdo, romperán las cadenas?
Y en los muros de tu sagrado encierro
¿Qué secretos funestos escondidos te llevas?
¡Ah Miguel, el de Orihuela…!
Ah poeta -en compromiso de una idea-
Si los ángeles acunaran tu marcha de pastor
Y Góngora te hablara, como ayer, al oído
Creeríamos, todos, que aún no estás vencido.
Tu caminar poético nos muestra la contienda:
Poesía y palabra: Machado. Rubén Darío.
Y en el verso creyente, el abrazo al amigo…
Una fuerza fluyendo entre pastos pisoteados.
Por cabras abonados, en tus sueños de niño….
Las letras españolas acunaron tu esencia
Y lamentan el sino de tu partida enhiesta
Guerrero enamorado del poema naciente
Tu recuerdo acaricia la humanidad doliente…
Un Neruda, en la historia,
va contándonos cuitas de luna paseandera.
De tu luna ¡Maestro! De tus versos geniales
De esa sombra, entre luces, de esa luz entre cruces…
¡Oh Miguel de la historia!
Como un rayo certero, penetras la palabra
Y un soneto de muerte se agita en la memoria
¡Ah Miguel de Orihuela!
Cabalgata nocturna de romántica espuela.
María Alicia del Rosario Gómez de Balbuena
maligobal@hotmail.com
Derechos reservados-2010-
Qué cantos, qué sirenas…
¿Qué aullidos, del recuerdo, romperán las cadenas?
Y en los muros de tu sagrado encierro
¿Qué secretos funestos escondidos te llevas?
¡Ah Miguel, el de Orihuela…!
Ah poeta -en compromiso de una idea-
Si los ángeles acunaran tu marcha de pastor
Y Góngora te hablara, como ayer, al oído
Creeríamos, todos, que aún no estás vencido.
Tu caminar poético nos muestra la contienda:
Poesía y palabra: Machado. Rubén Darío.
Y en el verso creyente, el abrazo al amigo…
Una fuerza fluyendo entre pastos pisoteados.
Por cabras abonados, en tus sueños de niño….
Las letras españolas acunaron tu esencia
Y lamentan el sino de tu partida enhiesta
Guerrero enamorado del poema naciente
Tu recuerdo acaricia la humanidad doliente…
Un Neruda, en la historia,
va contándonos cuitas de luna paseandera.
De tu luna ¡Maestro! De tus versos geniales
De esa sombra, entre luces, de esa luz entre cruces…
¡Oh Miguel de la historia!
Como un rayo certero, penetras la palabra
Y un soneto de muerte se agita en la memoria
¡Ah Miguel de Orihuela!
Cabalgata nocturna de romántica espuela.
María Alicia del Rosario Gómez de Balbuena
maligobal@hotmail.com
Derechos reservados-2010-
cuando te nombro
Cuando te nombro…
Palidece la luna más brillante
Abraza el sol el corazón más frío
La tierra muestra su costado lírico,
gotas de luz de un mágico rocío
Cuando te nombro…Es cuando te siento mío.
Palidece la luna más brillante
Abraza el sol el corazón más frío
La tierra muestra su costado lírico,
gotas de luz de un mágico rocío
Cuando te nombro…Es cuando te siento mío.
cuento infancia
cuento infancia
La lluvia calaba pertinaz, y amenazaba seguir -según juguetonas tala lunas que adornaban el patio -unas más saltarinas que otras- cuando Elisa hurgó en sus nostalgias y recordó “aquella siesta” cuando atravesó la galería de la Casa del Niño donde vivía –antes de que llegara el padre Antonio—y metió “sus patitas” en el charco…
De niña, Elisa gustaba de jugar descalza. Le agradaba sentir que el agua "se le trepaba" cuando apoyaba los piececitos, como buscando ser alzada. ¡Así solía hacer ella cuando pasaba Raquel, la única que por aquel entonces le había demostrado cariño! Cuando llovía, en aquella casona se pasaba "chapaleando" al patio general, y las marcas se notaban en cualquier calzado después... Los piececitos de Elisa, desnudos, no las mostraban… Su humanidad entera tenía otras marcas, aunque la mayoría de ellas no se advertían a simple vista.
Paja y barro haciendo de ladrillos desgastados, que se pegaban a una "pared" de tacuaras cruzadas dejando pasar frío y calor, un padre alcohólico -borracho de sociedad indiferente- y una madre que a duras penas se amañaba con los otros cuatro hermanitos, dejándola al cuidado de todos cuando debía salir a lavar ropa para arrimar monedas, sólo eso tuvo Elisa como infancia... ¡Y también los juegos a la orilla del arroyo, próximo al basural! Entre sus "hermanitos-hijos" Juan, de apenas un año, era su preferido. Tiempo después, algún informe de la Asesoría de Menores dio por tierra con sus aventuras haciéndola tomar conciencia -repentinamente- de que también existían "otras casas" donde podía vivir. Eran las que respaldaba la iglesia, en las que todos eran guiados en el trabajo y la disciplina. Y allá fue, llevada sin preguntas, y sin abrazos. Todavía recordaba el rostro seco de su madre con sus hermanitos "a upa" y la mirada "blandengue" de su desaliñado padre cuando la retiraron los del servicio social. ¡Para ellos significó una boca menos que engañar con el raído alimento de todos los días, mendrugos que a veces eran "mojados" con algo de vino, para que las noches de hambre no se escucharan!.. Algo le dijo entonces que no debía llorar y se dejó llevar sin oponer resistencia. Lo que más sintió entonces fue el no haber podido avisar a Raquel...
Raquel era una joven que accidentalmente vio pasar un día, cuando jugaba cerca del arroyo -al costado del rancho- por la ruta larga que conducía al puerto de su ciudad. Sus miradas se cruzaron y Elisa, con su sonrisita sin dientes delanteros, enmarcada por lacios y desgreñados cabellos rubios que más habrían parecido un ovillo mal desatado, levantó sus manitos diciéndole "chau seño" -como le habían enseñado en la escuela de la rivera-. Raquel le contestó "chau" y desde ese día todo se convirtió para las dos, en una linda y cariñosa aventura, que después se volvió futuro para la niña. Ella la veía pasar, y la esperaba todos los días. La muchacha siempre le dejaba algo. Primero fue una golosina, después una leche que, invariablemente, Elisa compartía trago a trago con sus hermanitos hasta verle el fondo al envase. Todos los días esa rutina, hasta que una vez Raquel vino en auto y la invitó a pasear, pidiéndole permiso a su padre, que a cambio de unas monedas les dio el sí. ¡Que bien olía Raquel! A Elisa ese olor se le metió en la memoria...
Cuando regresaron del paseo, la niña -bien peinada y sin hambre, vestida con camisita a cuadros y una pollerita "vaquero" -que luego desapareció del rancho-- era otra muchachita. Una roja "colita" ataba sus cabellos, despejando su carita. Desde entonces tomaba impulso, todas las siestas, y se le trepaba a Raquel cuando ella pasaba... Siempre lo mismo, hasta el día en que se la llevaron, por denuncia de una vecina que dijo en el juzgado que su papá "molestaba a la de 9, toqueteándola cuando estaba borracho".
A pesar de lo ocurrido, intensificando esfuerzos, Raquel pudo encontrarla. Ni bien supo que la niña fue trasladada se dispuso a buscarla. "La Casa del Niño"-el lugar donde Elisa vivió desde que salió de su rancho hasta que la muchacha la encontró- era grande. Antonio, un sacerdote viejito de azul y transparente mirada, cada domingo traía juguetes a los niños y les contaba de la Mamá Virgen y del niñito Jesús. La tarde de sus recuerdos -cuando la puerta se abrió- a Elisa le costó creer lo que sus ojos vieron: ¡Al lado de Antonio estaba Raquel! Algo más delgada - quizás no era tan joven como ella había creído- la saludó desde la puerta y ella corrió para trepársele... La muchacha la sacó de allí una semana después... ¿Cómo lo habría conseguido? ¡Lo cierto fue que ¡Otra vez le cambió la vida! El hecho de estar bien vestida, mejor peinada, sin hambre y con todos los controles de salud, hicieron posible que la sonrisa de aquella niña - con todos los dientes crecidos y sanos- denotara la sonrisa de una niña cuidada. Y desde entonces, su vida tomó otro rumbo.
Con el tiempo, pudo saberlo todo. La muchacha había buscado juzgado por juzgado hasta encontrarla, y se anotó como madre sustituta primero, y como adoptante después. Con un cargo oficial, en la Defensoría del pueblo, pudo sortear los obstáculos que se le presentaron para que aún siendo soltera le entregaran a la niña, además su cuidada moral ayudó a esa decisión... Más tarde, en la "escuela del centro" fueron enseñando a Elisa muchas cosas; cosas y palabras nuevas que en cada tarde comentaba con una Raquel cada vez más blanca, como si la piel se le estuviera destiñendo. Aprendió que si quería “ser alguien” debía estudiar y procurar ser la mejor, y empeñándose lo hizo. Fue reemplazando el rostro seco de su madre y el aspecto blandengue de su padre, por la firmeza de su educación y la mirada cariñosa de esa mujer. De su Raquel. Sus "hermanitos- hijos" habían quedado en el rancho aquél... ¡A ellos sí los extrañaba! Y mucho. Sobre todo a "su" Juan.
¡A Elisa le había dolido tanto crecer! Cada día marcó en ella un gris de ausencia, aunque el cariño de su benefactora suavizaba en ocasiones aquel sordo dolor... Formalizada su "adopción plena", Raquel le dijo que debía seguir estudiando en la vecina ciudad y desde su partida, la estrecha comunicación que mantuvieron la ayudó a sostener lo que había sido su infancia sin abrazos, que se prolongó en una tímida y expectante juventud. Se convenció de continuar luchando por ser alguien, aunque supo que debía alejarse de todo lo que había hecho sufrir, o no lo conseguiría. Sus inmejorables notas le aseguraron becas, y éstas una educación privada y acelerada, algo que precisamente Raquel buscaba para ella, sin decirlo…Primero la sorprendió su primer título de “Trabajadora Social” luego el de Asistente y siguió por más... Hasta que un día su benefactora la llamó. Volver a encontrarse con su pasado era una idea que la desconcertaba... Pero no dudó. Y regresó al pueblo.
Ni bien entró a la casa advirtió que el tiempo realmente había pasado para Raquel... ¡Se la veía tan poco saludable! -- había estado enferma desde joven, aunque no lo demostrara jamás--. Sólo aquella mirada suya seguía siendo la misma. Y también su perfume... ¡El inconfundible olor que a Elisa le dictaba la memoria cuando extrañaba su regazo! El aroma de quien abonó su infancia desde que se encontraron... El olor de quien le hizo conocer que el amor tiene muchas caras, pero que siempre tenía su base en el respeto mutuo.
A los pocos días, en la notaría y frente al testamento, Elisa fue enterándose de más cosas, y se le atropellaron los recuerdos. En la administración en la que trabajara Raquel, desde hacía años y por expreso pedido suyo, tenían asignado un puesto para ella. Conduciría la Secretaría de la Niñez y Juventud –según le explicaron- el objetivo más fuerte de ese organismo era la lucha contra las adicciones, una fuente poderosa de destrucción que amenazaba hundirlos, desde que la explotación de la pobreza surgió en esa parte del continente. Tras un sufrimiento de años y varias puebladas silenciosas, la fuerza política hubo de convencerse: Era preciso reconstruir la sociedad y la familia. Y para ello no escatimarían esfuerzos aunque torcer el rumbo impuesto por una oficialidad ignorante del grito universal, todavía acarreara muchos padecimientos…
Elisa tendría a su cargo los controles de toda la minoridad de la ciudad... Aunque desde el dolor, supo que en sus propias manos estaba sanar las heridas de su infancia y contener a quienes aún no habían podido hacer escuchar su voz... Y todo lo haría en memoria de Raquel.
Un repentino pensamiento sacudió ese mágico momento de recuerdos… Le pareció escuchar la voz de Juan, su preferido entre los “hermanitos –hijos” de aquella infancia sórdida…Y sintió en la nariz el cosquilleo que siempre le producía su naricita, restregándose –mocosa y sucia -contra la suya. Entonces alzó una mano y “calmó el picor”, sonriéndole a su nostalgia…
Muy pronto el sol comenzó a abrigar sus pensamientos despejando la humedad, y después de un reconfortante café las ideas se le atropellaron en la mente…
magb
La lluvia calaba pertinaz, y amenazaba seguir -según juguetonas tala lunas que adornaban el patio -unas más saltarinas que otras- cuando Elisa hurgó en sus nostalgias y recordó “aquella siesta” cuando atravesó la galería de la Casa del Niño donde vivía –antes de que llegara el padre Antonio—y metió “sus patitas” en el charco…
De niña, Elisa gustaba de jugar descalza. Le agradaba sentir que el agua "se le trepaba" cuando apoyaba los piececitos, como buscando ser alzada. ¡Así solía hacer ella cuando pasaba Raquel, la única que por aquel entonces le había demostrado cariño! Cuando llovía, en aquella casona se pasaba "chapaleando" al patio general, y las marcas se notaban en cualquier calzado después... Los piececitos de Elisa, desnudos, no las mostraban… Su humanidad entera tenía otras marcas, aunque la mayoría de ellas no se advertían a simple vista.
Paja y barro haciendo de ladrillos desgastados, que se pegaban a una "pared" de tacuaras cruzadas dejando pasar frío y calor, un padre alcohólico -borracho de sociedad indiferente- y una madre que a duras penas se amañaba con los otros cuatro hermanitos, dejándola al cuidado de todos cuando debía salir a lavar ropa para arrimar monedas, sólo eso tuvo Elisa como infancia... ¡Y también los juegos a la orilla del arroyo, próximo al basural! Entre sus "hermanitos-hijos" Juan, de apenas un año, era su preferido. Tiempo después, algún informe de la Asesoría de Menores dio por tierra con sus aventuras haciéndola tomar conciencia -repentinamente- de que también existían "otras casas" donde podía vivir. Eran las que respaldaba la iglesia, en las que todos eran guiados en el trabajo y la disciplina. Y allá fue, llevada sin preguntas, y sin abrazos. Todavía recordaba el rostro seco de su madre con sus hermanitos "a upa" y la mirada "blandengue" de su desaliñado padre cuando la retiraron los del servicio social. ¡Para ellos significó una boca menos que engañar con el raído alimento de todos los días, mendrugos que a veces eran "mojados" con algo de vino, para que las noches de hambre no se escucharan!.. Algo le dijo entonces que no debía llorar y se dejó llevar sin oponer resistencia. Lo que más sintió entonces fue el no haber podido avisar a Raquel...
Raquel era una joven que accidentalmente vio pasar un día, cuando jugaba cerca del arroyo -al costado del rancho- por la ruta larga que conducía al puerto de su ciudad. Sus miradas se cruzaron y Elisa, con su sonrisita sin dientes delanteros, enmarcada por lacios y desgreñados cabellos rubios que más habrían parecido un ovillo mal desatado, levantó sus manitos diciéndole "chau seño" -como le habían enseñado en la escuela de la rivera-. Raquel le contestó "chau" y desde ese día todo se convirtió para las dos, en una linda y cariñosa aventura, que después se volvió futuro para la niña. Ella la veía pasar, y la esperaba todos los días. La muchacha siempre le dejaba algo. Primero fue una golosina, después una leche que, invariablemente, Elisa compartía trago a trago con sus hermanitos hasta verle el fondo al envase. Todos los días esa rutina, hasta que una vez Raquel vino en auto y la invitó a pasear, pidiéndole permiso a su padre, que a cambio de unas monedas les dio el sí. ¡Que bien olía Raquel! A Elisa ese olor se le metió en la memoria...
Cuando regresaron del paseo, la niña -bien peinada y sin hambre, vestida con camisita a cuadros y una pollerita "vaquero" -que luego desapareció del rancho-- era otra muchachita. Una roja "colita" ataba sus cabellos, despejando su carita. Desde entonces tomaba impulso, todas las siestas, y se le trepaba a Raquel cuando ella pasaba... Siempre lo mismo, hasta el día en que se la llevaron, por denuncia de una vecina que dijo en el juzgado que su papá "molestaba a la de 9, toqueteándola cuando estaba borracho".
A pesar de lo ocurrido, intensificando esfuerzos, Raquel pudo encontrarla. Ni bien supo que la niña fue trasladada se dispuso a buscarla. "La Casa del Niño"-el lugar donde Elisa vivió desde que salió de su rancho hasta que la muchacha la encontró- era grande. Antonio, un sacerdote viejito de azul y transparente mirada, cada domingo traía juguetes a los niños y les contaba de la Mamá Virgen y del niñito Jesús. La tarde de sus recuerdos -cuando la puerta se abrió- a Elisa le costó creer lo que sus ojos vieron: ¡Al lado de Antonio estaba Raquel! Algo más delgada - quizás no era tan joven como ella había creído- la saludó desde la puerta y ella corrió para trepársele... La muchacha la sacó de allí una semana después... ¿Cómo lo habría conseguido? ¡Lo cierto fue que ¡Otra vez le cambió la vida! El hecho de estar bien vestida, mejor peinada, sin hambre y con todos los controles de salud, hicieron posible que la sonrisa de aquella niña - con todos los dientes crecidos y sanos- denotara la sonrisa de una niña cuidada. Y desde entonces, su vida tomó otro rumbo.
Con el tiempo, pudo saberlo todo. La muchacha había buscado juzgado por juzgado hasta encontrarla, y se anotó como madre sustituta primero, y como adoptante después. Con un cargo oficial, en la Defensoría del pueblo, pudo sortear los obstáculos que se le presentaron para que aún siendo soltera le entregaran a la niña, además su cuidada moral ayudó a esa decisión... Más tarde, en la "escuela del centro" fueron enseñando a Elisa muchas cosas; cosas y palabras nuevas que en cada tarde comentaba con una Raquel cada vez más blanca, como si la piel se le estuviera destiñendo. Aprendió que si quería “ser alguien” debía estudiar y procurar ser la mejor, y empeñándose lo hizo. Fue reemplazando el rostro seco de su madre y el aspecto blandengue de su padre, por la firmeza de su educación y la mirada cariñosa de esa mujer. De su Raquel. Sus "hermanitos- hijos" habían quedado en el rancho aquél... ¡A ellos sí los extrañaba! Y mucho. Sobre todo a "su" Juan.
¡A Elisa le había dolido tanto crecer! Cada día marcó en ella un gris de ausencia, aunque el cariño de su benefactora suavizaba en ocasiones aquel sordo dolor... Formalizada su "adopción plena", Raquel le dijo que debía seguir estudiando en la vecina ciudad y desde su partida, la estrecha comunicación que mantuvieron la ayudó a sostener lo que había sido su infancia sin abrazos, que se prolongó en una tímida y expectante juventud. Se convenció de continuar luchando por ser alguien, aunque supo que debía alejarse de todo lo que había hecho sufrir, o no lo conseguiría. Sus inmejorables notas le aseguraron becas, y éstas una educación privada y acelerada, algo que precisamente Raquel buscaba para ella, sin decirlo…Primero la sorprendió su primer título de “Trabajadora Social” luego el de Asistente y siguió por más... Hasta que un día su benefactora la llamó. Volver a encontrarse con su pasado era una idea que la desconcertaba... Pero no dudó. Y regresó al pueblo.
Ni bien entró a la casa advirtió que el tiempo realmente había pasado para Raquel... ¡Se la veía tan poco saludable! -- había estado enferma desde joven, aunque no lo demostrara jamás--. Sólo aquella mirada suya seguía siendo la misma. Y también su perfume... ¡El inconfundible olor que a Elisa le dictaba la memoria cuando extrañaba su regazo! El aroma de quien abonó su infancia desde que se encontraron... El olor de quien le hizo conocer que el amor tiene muchas caras, pero que siempre tenía su base en el respeto mutuo.
A los pocos días, en la notaría y frente al testamento, Elisa fue enterándose de más cosas, y se le atropellaron los recuerdos. En la administración en la que trabajara Raquel, desde hacía años y por expreso pedido suyo, tenían asignado un puesto para ella. Conduciría la Secretaría de la Niñez y Juventud –según le explicaron- el objetivo más fuerte de ese organismo era la lucha contra las adicciones, una fuente poderosa de destrucción que amenazaba hundirlos, desde que la explotación de la pobreza surgió en esa parte del continente. Tras un sufrimiento de años y varias puebladas silenciosas, la fuerza política hubo de convencerse: Era preciso reconstruir la sociedad y la familia. Y para ello no escatimarían esfuerzos aunque torcer el rumbo impuesto por una oficialidad ignorante del grito universal, todavía acarreara muchos padecimientos…
Elisa tendría a su cargo los controles de toda la minoridad de la ciudad... Aunque desde el dolor, supo que en sus propias manos estaba sanar las heridas de su infancia y contener a quienes aún no habían podido hacer escuchar su voz... Y todo lo haría en memoria de Raquel.
Un repentino pensamiento sacudió ese mágico momento de recuerdos… Le pareció escuchar la voz de Juan, su preferido entre los “hermanitos –hijos” de aquella infancia sórdida…Y sintió en la nariz el cosquilleo que siempre le producía su naricita, restregándose –mocosa y sucia -contra la suya. Entonces alzó una mano y “calmó el picor”, sonriéndole a su nostalgia…
Muy pronto el sol comenzó a abrigar sus pensamientos despejando la humedad, y después de un reconfortante café las ideas se le atropellaron en la mente…
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